jueves, 25 de julio de 2019 | | 0 comentarios

Reliquias


domingo, 21 de julio de 2019 | | 0 comentarios

Son veinte para las doce (II)

Los norteamericanos son por lejos, los mejores divulgadores científicos porque al mismo tiempo que socializan en buenos libros los avances de la ciencia,  logran inventar paradojas y metáforas tan simples como explicativas del avance científico. Ello es probablemente por las características de su sociedad de masas, y por la muy ineficiente educación de masas que prolifera en ese país, comparado con sus pares desarrollados europeos.

Así que, dado que hay que explicar cosas muy complejas, los divulgadores científicos norteamericanos, simplifican a través de juegos e imágenes lúdicas, la complejidad en la que vivimos. A veces, esas formas adoptan una seriedad que el público insospechadamente le otorga, por su carácter pedagógico y explicativo precisamente; otras veces, no son más que juegos.

Como usted ya sabe, son sólo veinte para las doce.

Iniciemos con la famosa ley Moore de 1975. Gordon Moore, ejecutivo de Intel, la más famosa productora de circuitos integrados o chips del mundo, descubrió que había una progresión geométrica en el aumento de circuitos integrados cada dieciocho meses. Esto es, que cada dieciocho meses, el número de circuitos se duplicaba permitiendo un salto cualitativo en la operatividad, velocidad, capacidad de procesamiento de datos y de almacenamiento cada dos años. Cada dos años, nuestro computador queda parcialmente obsoleto por la aparición de una nueva generación que es geométricamente dos veces superior a la nuestra. Dado que la progresión es geométrica y no aritmética, usted podría calcular cuántas generaciones de computadores hay entre la computadora que llevó el hombre a la luna y su celular. El resultado es que su celular es cuarenta mil veces superior a esa computadora.

Aunque la ley de Moore se ha cumplido religiosamente hasta hoy, existen serias dudas  acerca de su continuidad. El número de circuitos en espacios cada vez más pequeños tiene un techo y es la energía calórica que disipa su funcionamiento. Para decirlo al modo de un divulgador científico norteamericano, imagine que a cada minuto usted enciende una lámpara de 100 watts en una pieza encerrada, al cabo de una hora, usted tendría 6.000 watts sobre su cabeza.

No olvide que aún son veinte para las doce.

El efecto Wow!. Imagine que usted posee una máquina del tiempo, y que logra traer digamos a un hombre de la calle desde 1700 de algún país de Europa a nuestro presente. Wow!, él vería cabinas iluminadas desplazándose a velocidades increíbles por caminos asfaltados; luces de tres colores que se apagan y se encienden sin velas; él vería máquinas metálicas volando con gente adentro, y probablemente enanos actuando en una caja cerrada en cada hogar.
El hombre, solicita entonces la máquina y piensa a quién podría traer a su mundo de 1700  para provocar el mismo efecto. Entonces piensa en los mismos 300 años, pero se da cuenta que no tiene grandes cambios con esos antepasados; luego piensa en 500 años, pero en 1200 había monarquías absolutas, las iglesias aún tenían mucho poder, la tracción animal y la rueda no tenían muchas diferencias, no había luz eléctrica y las libertades individuales tampoco eran tan distintas. Entonces se da cuenta de que la única posibilidad de replicar el efecto Wow!, es ir hasta antes del año 8.000 a.C.

Son ahora veinte para las doce. En esta metáfora, el lector queda mirando hacia el futuro, como en una línea de partida entre angustiado y asombrado. Quizás es lo mismo. Imagine que es usted parte de un experimento  en que se le entrega una bolsa con bacterias deshidratadas, que debe hidratar desde las 11:30. Veinte para las 12 usted abre el plato donde tiene las bacterias, pero usted sólo ve esto:
Usted creería entonces que el experimento es un fracaso. Pero atención porque lo que hay al centro del cuadrado no es una mugre en su pantalla, sólo que al igual que en un experimento real, usted no lo ha visto.

Quince minutos para las doce, la situación ha cambiado:
 Diez para las doce, el experimento vuelve a cambiar:
Cinco para las doce vuelve a cambiar:
A las doce, su plato está por fin lleno de bacterias

Piense para usar la metáfora, que existen algo así como veinte super computadoras, que son sistemas integrados que superan los 148 petaflops. Su valor es equivalente a muchos, cientos, miles, millones, miles de millones de millones de Megabytes de su humilde computador. Haga ahora el salto respecto de la computadora de la NASA y entienda que para usted son recién veinte para las doce. Esa es su hora no porque su computador no alcance siquiera a imaginar un petaflop, sino porque ni usted ni yo ni nadie hasta ahora puede resolver el problema de la computadora cuántica.

Es decir, sabemos que es posible tener una computadora que se enfrente no a dos decisiones (1 o 0) sino al menos a 6 al mismo tiempo(1, 0, 11, 00, 1y0, 0y1). Para que ello sea posible, es necesario cargar a una partícula elemental con esas decisiones y hacerla sustentable para que un súper sistema operativo ponga a la súper información en su pantalla. Para que ello se logre, es necesario bajar la temperatura de la partícula elemental de modo que se torne manipulable. Esa temperatura es algo así como -2730 ºC, equivalente a 10 Kelvin aproximadamente. Algo más que la temperatura de su refrigerador.

Si usted entiende que en su reloj son veinte para las doce, entonces usted verá con algo de desilusión el avance, pero entenderá que sólo faltan veinte minutos.




sábado, 20 de julio de 2019 | | 0 comentarios

Son veinte para las doce (I)

En los últimos cuarenta años de existencia de la sociedad occidental, los sociólogos, antropólogos y economistas entre otros, han estado de acuerdo en el nada delicado transcurso de nuestro mundo, desde una sociedad industrial, a una sociedad de la información, y finalmente a una sociedad del conocimiento. Y eso, en la escalofriante suma de tan solo cuarenta años.

Antes que preocuparnos por las caracterizaciones propias de cada era, quisiera recordar al lector que abandonar la caracterización de una sociedad industrial, tomó más o menos cinco años. Es decir, en menos de cinco años, trescientos cuarenta años de historia impulsada primero por el vapor, luego, en una segunda revolución cien años después,  por la electricidad, y más tarde por el diessel y el motor a explosión, fueron borradas del léxico usual para caracterizar a nuestro mundo.

En 1750, el vapor abría paso al segundo gran cambio de era desde el año 8.000 a.C, año en que aparece definitivamente la agricultura, para dar lugar al mundo de las máquinas y las industrias. Esto quiere decir que entre la primera y la segunda gran revolución productiva, debieron transcurrir 9.750 (nueve mil setecientos cincuenta) años. En 1981, se define el protocolo TCP/IP que permitió la aparición de las primeras formas de internet, lo que significó que entre la tercera (electricidad diessel y química) y la cuarta revolución productiva, sólo pasaron 131 años.

Entre 1981, fecha del nacimiento del TCP/IP y 1986, ya había en el mundo 1.000 computadoras conectadas; en 1987, 10.000; en 1989, 100.000; en 1992, un millón de computadores alrededor del mundo estaban conectadas. En 2017 había  8.400 millones de dispositivos conectados a internet, y las cifras hoy hablan de cerca de 22.000 millones de dispositivos conectados a la red, computadoras, tablets, o celulares.

Para cuando el millón de personas conectadas fue ampliamente superadas, la red comenzó a ser vista como una inmensa oportunidad de negocios. Compañías pequeñas como google y yahoo, empresas de correo como hotmail, periódicos y sistemas de intercambio estilo P2P, comenzaron a abrir las conexiones como posibilidades de negocios. La fiebre alcanzó a los pequeños, medianos y grandes inversionistas que desataron la primera fiebre especulativa sobre la red. En marzo del año 2000, estalló la primera burbuja especulativa en wall street, relacionada con el mundo virtual: la "Burbuja.com".

Para ese año, la idea de Manuel Castells de que habitábamos una sociedad en la que el número, masividad e interconexión de la información disponible sobrepasaba con creces a toda la información acumulada a lo largo de la historia, se hizo real. El número de sitios web se destapó, multiplicándose cada año. La información, había bajado a tal nivel su precio, que se encontraba en todas partes al mismo tiempo, sólo era cuestión de saber encontrarla. Supongo que ese año, el 2000, sería un buen momento para decir que la era de la información había comenzado y que concluía entonces la era industrializada. El valor había pasado desde la producción de bienes manufacturados industrialmente, a la información producida, acumulada y distribuida digitalmente. Al terminar el año 2018, existían 1.240 millones de sitios web en el mundo.

La acumulación del cambio no se hizo esperar y sobrevino la evolución cualitativa con IoT, sigla que en inglés significa "Internet of Things", en español, el internet de las cosas. Devino la sociedad de la información, fruto de la masificación de los dispositivos con los que la sociedad civil se dispone a conectarse, en una sociedad del conocimiento, cuando la información acumulada comenzó a re utilizarse con fines específicos, no siempre científicos.

El Internet de las cosas, los motores de búsqueda, los reconocimientos faciales en los aeropuertos, son sólo la punta del iceberg de una sociedad del conocimiento, cuyo pináculo aún estamos por ver. Como muestra un botón: si un científico chileno escribiera un "paper" a una prestigiosa revista norteamericana o europea de ciencias, un motor de búsqueda de Inteligencia Artificial, premunido de un número enorme de algoritmos, valoraría su originalidad, su importancia y su valor científico; si el paper pasa la prueba de ese editor digital, el mismo motor se encargaría de ponerlo en contacto con ciento de científicos en todo el mundo que trabajan el mismo tem o temas cercanos, enviándole sus mails.

La cuarta revolución productiva, que había comenzado en el año 2000 apenas, comenzó su reemplazo once años después de anunciada. La robotización y los avances en Inteligencia Artificial pusieron el énfasis ya no en la información sino en el conocimiento. Para hacerlo más simple, la riqueza dejó de estar en el subsuelo chileno a partir del año 2011 y comenzó a situarse cada vez más en la cabeza de algunos chilenos. Había comenzado once años después la quinta revolución productiva que daría lugar al pseudónimo de "La Sociedad del Conocimiento".

Este no es el momento para hablar de las consecuencias humanas que este proceso ha tenido, sino para dar cuenta de su velocidad creciente. Así, cerremos concluyendo que entre el año 8.000 a.C y 1750, transcurrieron 9.750 años, y que entre la tercera y la cuarta revolución, sólo pasaron 113 años, mientras que entre la cuarta y la quinta revolución, la escalofriante suma de apenas once años. 

Más, si usted es de los que cree que lo ha visto todo, permítame decirle que son apenas veinte para las doce.  

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¿Qué hay a la Izquierda de Marx?


Los fans tienen esa mirada en común que es al mismo tiempo benévola,  gentil y hasta indulgente con sus estrellas. Eso es lo que los une y permite identificar lo que los gringos llaman "groupies". Se trata de hombres o mujeres que siguen indemnes, fanáticos, insaciables y esquizofrenicamente a sus "pop stars". La sociedad de masas, por otro lado, no diferencia a la hora de producir a sus pop stars, enre  los reyes de rancias monarquías, y los  cantantes frenéticos; a intelectuales de izquierda, de alambicados directores de cine.

Esa es sin duda el mayor triunfo de esta sociedad de masas. Y lo demostró sin empacho y sin duda, el día en que se empezaron a vender camisetas del che Guevara en las tiendas de la Quinta Avenida. De ahí en adelante, la larga lista de poleras con maravilloso estampados que intercambian al che, los simpson, don Ramón y hasta al mismo Marx se sucedieron sin parar.

Hoy, chicos, jovenes y viejos caminan por las calles con poleras radicales en contra del modelo; íconos del pensamiento radical fueron encerrados en poleras hermosas cada vez más caras. Un viejo profesor de Historia Moderna, decía que el mayor valor de la sociedad occidental era dar cabida en su cultura incluso a los discursos que pregonaban la necesidad de su desaparición. Yo retrucaría a estas alturas, que para eso están todas las poleras, y sus groupies.

martes, 9 de abril de 2019 | | 0 comentarios

Argentina surreal.

A veces, muchas veces, es difícil entender a los países. Porque los países son como las personas, tienen un carácter, una personalidad, tienen mañas y tienen virtudes, tienen defectos y rarezas. Alguien más letrado lo llamará la cultura nacional, o bien en una perspectiva más idealista, el alma nacional. Yo más bien creo que se trata de la personalidad de los países. Y como si de otro ser humano se tratase, se puede entonces decir que a veces es difícil entender a los países.

Lo digo sin sorna. Lo digo con un genuino e ingenuo interés. Declaro mi incomprensión porque quiero entender, de otro modo sería inútil, fútil declaración. Ya ahí está Argentina, dentro de los incomprensibles. Debiera decir corrigiendo lo anterior, dentro de las incomprensibles.

El lector, mucho más entendido que yo en las artes escénicas, particularmente si se trata del arte docto, sabrá que todos los teatros del mundo destinados a la reproducción en vivo de la música clásica, del ballet o de la ópera, cuentan con especificaciones técnicas, que con el paso del tiempo y la tecnología, han llegado a niveles de sofisticación exquisita. Instrumentos de medición del sonido, de su trayectoria, de su vibración y de su cualidad (color, volúmen, etcétera), permiten medir cuánto tarda el sonido de un violín, o de una trompeta si el lector prefiere, en llegar a cada sillón del teatro, cuántas veces rebota en las paredes del teatro, de que manera se absorve en los tejidos de los sillines del teatro, o cuantas veces se amplifica en la forma de los balcones del mismo, antes de llegar al oído humano.

El conjunto de esas mediciones, ha dado lugar a una escala de medición, de uno a diez, para calificar a los teatros del mundo y para construir teatros destinados a la reproducción del arte docto de la música, el ballet o la ópera. Para tener una asombrosa idea de la distancia cultural que nos separa más allá de los 5 mil metros de altura del macizo andino, el Teatro Colón de Buenos Aires califica con un 10, siendo el más perfecto teatro en el mundo para escuchar por ejemplo el Concierto para Orquesta de Bartok, o Don Giovanni de Mozart. Nuestro Teatro Municipal en cambio, no alcanza el 2. Notable considerando que el Colón fue construido en 1887 y restaurado en 2010, mientras que nuestro Municipal fue construido en 1857.

Hasta aquí la reseña cultural. Ahora lo incomprensible.

Argentina completa casi un 50% de inflación, un dólar absolutamente desencajado de la economía local, una tasa de pobreza que roza el 32% y un desempleo cercano al 25%. Sin embargo, los argentinos están construyendo un segundo Colón. Tal cual, se llama el proyecto Teatro Néstor Kirchner y será construido con las mismas características del Colón. Es decir, puntuará un diez. Mientras tanto, algo así como cien años atrás, pero en un esfuerzo notable y hermoso, la Universidad de Chile estaría reuniendo fondos para construir un nuevo Teatro para las artes doctas, esta vez, con especificaciones técnicas como para puntuar un diez.

¿Cómo es que un país como Argentina logra construir un segundo Colón? ¿Por qué razón se tarda tanto un país como Chile en construir su primer Colón?.

Ruego a Dios, que el nuevo teatro de la Chile se construya antes que su estadio.